¿QUÉ HAGO AQUÍ?
Despiertas un día en plena madrugada de manera repentina. No tienes sueño. Estás sorpresivamente descansado, aunque apenas llevas tres horas desde que te acostaste. Despiertas desorientado, agitado. Te toma un par de segundos saber que estás en tu casa. Te deprime entender que ahora es de madera, cartón y yeso. Sabes que con cualquier suspiro podría derrumbarse. Tu hogar ya no es de ladrillos, tabiques y cemento como Dios manda, esas que ni el mismísimo lobo feroz podría derribar con un soplido. Miras el techo. Todo está en silencio. Te tranquilizas. Volteas a ver por la ventana muy despacio para que tu mujer no se despierte. No quieres seguir discutiendo lo mismo de anoche, que ya ni recuerdas qué es; es más, ni siquiera te interesa recordarlo. Lo sabes. Miras la nieve sobre los carros. Maldices. Sabes que tienes que bajar unos minutos antes para limpiar la nieve del carro. Puto frío. Ya no te emociona como la primera vez que viste nevar. Sabes en dónde estás. Estás en un desolado pueblo de Canadá, a más de cuatro mil kilómetros de lo que alguna vez fue tu hogar, ese al que llevas años convenciéndote de que ya no perteneces, solo porque quisieras pertenecer aquí. Es mentira y lo sabes. Eres un extranjero sin patria. No eres ni de aquí ni de allá. Regresas la mirada al techo. Sabes que tienes que ir a trabajar en pocas horas. Tienes el tiempo suficiente para pensar sin hacer otra cosa. Quisieras tomar tu celular para pendejear viendo videos en TikTok, pero algo te lo impide. Con mucha probabilidad es que no quieres hacerlo para no despertarla y seguir cuidando celosamente estos últimos minutos que te quedan de mañana, en total quietud y silencio. Sigues divagando. Y de repente surge la pregunta que debería surgir más temprano que tarde. ¿Qué hago aquí? Sabes que solicitaste asilo político, pero esa respuesta ya no te satisface. ¿Qué hago aquí? Sigue resonando con fuerza. ¿Qué putas hago aquí? No entiendes del todo la pregunta. Quisieras una respuesta pronta. No comparece. Sigues buscando dentro de ti. ¿Cómo que qué hago?, te vuelves a preguntar. ¿Pues sí, qué haces aquí? Te respondes en automático. Pues trabajando. Tratando de salir adelante. Sí, ya sé, eso lo hacen todos. Te respondes. ¿Pero qué haces, carajo? Pues ya te dije. Te das cuenta de que estás hablando contigo mismo. Te enojas porque sabes lo que te estás preguntando, pero no eres capaz de ofrecerte una respuesta digna. Respiras profundo. Sabes que es una batalla que quieres dar, pues intuyes que es importante. Repiensas la pregunta. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hacía antes? Te reformulas la pregunta. Tratas de hacer ingeniería inversa para ver si rescatas algo. Nada. Aquellos tiempos han quedado tan lejos que ahora son, en el mejor de los casos, reminiscencias revestidas de nostalgia y melancolía. ¿Qué quería ser antes? ¿Quién soy? ¿Quién era? Lo tienes. Sabes que estás cerca de encontrar una respuesta. Escuchas que ella está roncando plácidamente. Le das un codazo otrora cariñoso para que se calle y no te desconcentre. Pierdes la respuesta. Como los sueños, que se van una vez que despiertas o una vez que migras, da igual. La maldices. Vuelves a respirar. ¿Qué hago aquí, maldita sea? ¿Soy feliz? Te surge de inmediato. ¿Lo soy? ¿Qué hago aquí? Te sigues cuestionando. Ahora con rabia. Mantienes la calma. Asumes lo que eres, recuerdas lo que fuiste, lloras lo que quisiste ser. Sabes que viene la respuesta. La tienes. Suena el despertador. Te saca de tu estado de reflexión. Se despierta tu mujer. Te reprocha que por qué ya estabas despierto y que qué hacías. Te levantas de la cama echando madres y la dejas peleando sola. Comienza un nuevo día. Vamos a trabajar. Como siempre. Tarde. Resignado. Sin pensar.